A-TEMPO ESTÁ CONTENTO

 

La madre de A Tempo, una ratita blanca de ojos azules, había nacido en los sótanos del Teatro Real, mientras que su padre, un ratón de pelo negro como el carbón, lo hizo en la parte de atrás de la caravana de un músico de jazz. Por eso, cuando se vieron por primera vez en la alcantarilla que une el Teatro con la Plaza Mayor, sintieron música en sus oídos. A los pocos días se casaron y se instalaron en los trasteros de la escuela de música “A Tempo”, en Majadahonda.

 

A su primer y único hijo, un ratoncito de color gris, le llamaron así, A Tempo. Su madre no paraba de cantarle fragmentos de piezas clásicas y arias de ópera, y su padre le tarareaba sin cesar temas de blues, jazz, rock, y todo tipo de músicas modernas.

 

Por esta razón, A Tempo era un experto en toda clase de músicas, y también por esta razón, A Tempo tenía una oreja diferente a la otra: una para oír unas músicas y otra para escuchar otras. Lo que ocurría era que dentro de su cabeza esas músicas se fusionaban y aparecían las melodías más impresionantes y bonitas que jamás se hayan oído en el mundo.

 

Pero A Tempo tenía un problema: No sabía escribir música.

 

Tampoco podía tocar bien ningún instrumento. Muchas noches, cuando la escuela cerraba, había intentado tocar el piano de Elena, pero por muy rápido que se empeñara en saltar de tecla en tecla le era imposible tocar las melodías que bullían en su cabeza.

 

Entonces se decidió. Empezaría a estudiar música desde el principio y sería un gran compositor.

 

Aquel viernes se escondió detrás del piano y esperó a que llegaran sus “compañeros de clase”.

 

Primero entraron Álvaro y Mónica, riéndose como siempre. Enseguida llegaron Inés, Lucas, Victoria, Pablo, Miren, Marta, Ahinoa y Elías. Todos se habían quitado los zapatos, incluso Elena, la profe, que llevaba unos calcetines de dedos muy graciosos. A Tempo se miró los pies. Él tampoco llevaba zapatos, nunca los llevaba; por algo era un ratón…

 

Entonces comenzó la clase. Fue como si todo se llenara de luces y colores. Elena y los niños cantaban, jugaban, hacían sonidos, y reían. Poco a poco, A Tempo, a la vez que sus nuevos compañeros, fue ordenando en su mente las melodías que escuchaba. Aprendió cómo diferenciar un sonido fuerte de uno flojito según un dibujo en un papel; aprendió a leer en una partitura cuando un sonido duraba más que otros y, clase tras clase, escondido en su rincón de detrás del piano, fue convirtiéndose en el mejor compositor de todos los tiempos.

 

                                                                                                                  Mónica Lara y Mónica Rouanet.